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La primera locomotora en ArgentinaLa locomotora histórica "La Porteña" hizo su primer viaje el 29 de agosto de 1857 y este sábado se cumplen 169 años. Ese día, realizó el viaje inaugural del primer ferrocarril argentino (el Ferrocarril Oeste de Buenos Aires).
Actualmente, "La Porteña" se exhibe en el Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, en la sección del Museo del Transporte, en la ciudad de Luján, junto al vagón de madera original, de aquel histórico viaje. “El vapor venció al buey”, sintetizó Pastor Obligado, en sus crónicas, los vientos de cambio que unieron a la Argentina. Lo hizo después de viajar en el invento británico que revolucionó el transporte y el mundo, la máquina que en una hora podía surcar lo que un carruaje en un día. Al subirse al vagón empujado por el yugo de La Porteña, la primera locomotora del país, el exgobernador del Estado de Buenos Aires fue testigo del amanecer de la era de oro del ferrocarril. El tren llegó en 1857 por iniciativa de un holding, respaldado por funcionarios e intelectuales de la época que quisieron replicar el progreso y la modernidad de Europa y Estados Unidos. Tuvo un accidentado arranque, un descarrilamiento que se ocultó del público para evitar el pánico de futuros pasajeros y el espanto de los inversionistas, pero culminó en un viaje exitoso: diez kilómetros desde el centro de Buenos Aires y por el campo hacia el entonces pueblo San José de Flores, con los gauchos al galope en la llanura o arreando al ganado y santiguándose ante el paso de la formación que echaba vapor de su chimenea. “La llamamos ‘la madre de las locomotoras’ porque fue la primera que se compró en la Argentina y circuló por la región pampeana. Antes de La Porteña no existió ningún ferrocarril en el territorio, todo el comercio y el transporte terrestre se manejaba a través de carretas pesadas, diligencias de mensajería o mulas para viajes más ligeros. El gobierno de Buenos Aires no puso el dinero, sino que la adquirió una sociedad anónima de gente adinerada que instaló la línea”, dice Mauricio Cano, museógrafo del Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo, donde está la reliquia histórica. La SA del Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste fue un grupo influyente de vecinos porteños que logró traer la locomotora en un momento en que el país todavía estaba dividido entre la Confederación Argentina, que tenía de presidente a Justo José de Urquiza, y el Estado de Buenos Aires, gobernado por Valentín Alsina. “Eran tiempos en que soplaban vientos de cambio y se creía que para ser un país pujante y unido se necesitaba del ferrocarril. En especial lo pensaban Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, que confiaban en que era el elemento de progreso para dar el impulso”, señala Cano. A pesar de la férrea resistencia de carreros y fletadores, que auguraron la muerte de su oficio, en tres años se concretó el proyecto con la compra, por $20.000 dólares, de una locomotora azabache propulsada a vapor. La bautizaron La Porteña, nombre que grabaron en bronce a su costado, y en el frente le estamparon el número 1, destinada a recorrer la traza con inicio en la estación del Parque, frente al entonces parque de Artillería, donde hoy se ubican el Teatro Colón y la zona de Tribunales. “La primera línea fue muy corta. Las vías cruzaban en diagonal la plaza Lavalle y seguían hasta Callao, allí tomaban la curva de Rauch para continuar por Corrientes hasta Pueyrredón y llegar a la primera parada que era la Plaza de las Carretas del Once de Septiembre, actualmente plaza Miserere. Desde allí continuaba hasta San José de Flores, hoy Floresta, pasando por Almagro, Caballito y Flores”, relata Cano. Días antes del viaje, se la testeó sin público, pero con distinguidos invitados a bordo, uno de ellos Obligado, quien fue un inesperado cronista de los hechos. El trayecto de ida fue sin inconvenientes, lo que pudo entusiasmar a los pasajeros y al maquinista, que hizo el regreso aumentando la velocidad. A la altura del puente de Once, la formación descarriló desde lo alto del terraplén hacia una zanja. El vagón se tumbó lesionando a los pasajeros, como Felipe Llavallol, presidente de la comisión propietaria del ferrocarril y sucesor de Alsina en la gobernación de Buenos Aires. Otros sufrieron quemaduras por los cigarros que fumaban, ninguna grave. La comisión ocultó el accidente y apenas se mencionó un “leve incidente”, que no demoró la inauguración programada. El 29 de agosto de 1857 partió La Porteña, adornada de flores y banderas ante 30.000 espectadores. “Arriba viajaban todas las figuras de renombre de la época: Obligado, Alsina, Llavallol, Sarmiento, Bartolomé Mitre y el ingeniero Adolfo Van Praet, entre otros”, relata Cano. También el cacique huilliche, José María Bulnes Yanquetruz que, asombrado por la tecnología de locomoción a base de agua y fuego, preguntó dónde escondían el caballo “come carbón y respira llamas”. La fabricó la empresa británica E.B. Wilson & Company y disponía de un manejo simple: el maquinista la operaba con dos palancas, una para el sentido de la marcha y otra para levantar o bajar la presión. Siempre lo acompañaba un fogonero, a cargo de palear carbón en la caldera y de operar el freno de zapatas de madera. Como la locomotora no tenía cabina, ambos viajaban a la intemperie. El primer maquinista oficial del Ferrocarril del Oeste fue el italiano Alfonso Corazzi. Alcanzaba a tirar hasta tres vagones transversales para pasajeros, equipajes y encomiendas, a los que se subía por un estribo de hierro alto a un interior de madera con asientos de cuero y lámparas de aceite en el techo. Se diseñaron con compuertas amplias que le permitían a las mujeres entrar con miriñaque, los armazones que exageraban el volumen de los vestidos coloniales. A los hermanos ingleses Thomas y John Allan se les encargó la red ferroviaria; uno hizo el tendido de las vías y el otro armó e instaló La Porteña. Los dos ingenieros dedicaron su vida al ferrocarril y murieron de fiebre amarilla en el brote de 1871, transportando en tren cerca de 1200 cadáveres al Cementerio de la Chacarita. La Porteña funcionó hasta 1890, cuando fue reemplazada por una locomotora más moderna. “Udaondo era un obsesivo de conservar el patrimonio histórico y, cuando se enteró de que la iban a desguazar, la obtuvo. Le ganó la pulseada al Estado Nacional que la quería llevar al Museo Histórico Nacional, pero allí no tenían lugar para exhibirla. Acá sobraba el espacio y se armó un pabellón específico. Para traerla, en 1923, se desplegaron rieles desde la estación de Luján hasta el museo”, detalla Cano. Susana Espósito - 6899 caracteres – Viernes 28/08/26 |
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